Se dice en inglés porque en snob suena bonito: “low cost”. Y hasta han conseguido jugar un papel en la democratización de los
viajes aéreos. Pero los números no perdonan y ahora se ven abocados a cobrar
por casi todo. Y, como el euro dedicado a facturar una maleta le cuesta
conseguirlo al consumidor lo mismo que el que va a parar al ticket o a las
tasas, al final me pregunto: ¿no estaremos, en realidad, llegando a un “high
cost”?
Aunque no
puedo decir que desconociera los conceptos que se están incorporando al precio
de un viaje con una compañía de bajo coste, verlos así, todos juntos, me produce una cierta sensación de sorpresa, ¿o
debo decir de estupefacción? No veo en la relación que cobraran por respirar,
aunque estoy casi convencido de que “todo se andará”. Pero leer algunos conceptos llevan a una conclusión bastante incontrovertible: se trata, lisa y llanamente de incrementar el precio del viaje, en algún caso con un insoportable tufo a abuso. Así, cobran por pagar con tarjeta (medio de pago habitual entre los viajeros y que obligan a utilizar). Cobran por emitir la tarjeta de embarque, es decir, por entregar el documento que permite acceder al servicio que estamos contratando. Cobran por elegir asiento o tener preferencia a la hora de embarcar. Y cobran por la maletas: lo hacen por la primera en algunas ocasiones y siempre por la segunda (mala costumbre que han hecho suya algunas de las llamadas compañías “de bandera”, como Iberia).
Y desde luego, no se os ocurra cargar demasiado la maleta. En algunas compañías el kilo de sobrepeso (a partir de los 15) cuesta tanto o más que el viaje. Y así, “complemento” por “complemento”, se va incrementando un precio que, al final, nada tiene que ver con el que tanto brillo pretende tener en los mensajes publicitarios. Claro que éste suele ir precedido de un “desde” que evita cualquier tentación de una posterior reclamación. Todo ello se ha visto ya reflejada en nuestras encuestas de satisfacción. La última es bien elocuente. Las compañías de bajo coste han cosechado una profunda desafección por parte de los usuarios. Los mismos que, en su momento, les brindaron su confianza y le dieron el realce que han llegado a tener. Un realce que, cada día, es menor porque, tacita a tacita, las compañías de bajo coste están haciendo lo posible por colmar el puchero de la paciencia de los viajeros.
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